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sábado, 1 de junio de 2019

Por qué las relaciones tóxicas son necesarias (en la literatura), pero el machismo aburre (siempre)

Que vivan los conflictos

Relaciones tóxicas en la literatura ha habido desde que hay literatura. Si no me crees, dime, ¿qué es eso que hubo entre Heathcliff y Catherine Earnshaw? Exacto, una relación súper tóxica que los hizo a todos muy infelices. Pero Cumbres borrascosas no solo es un clásico, sino que además engancha, y mucho.
Esto se debe a varias razones, según alcanzo a entender:
  1. Los personajes conflictivos son mucho más verosímiles que los personajes ideales. Y donde hay verosimilitud, hay empatía. Yo, al menos, tiendo a identificarme más con un personaje al que a veces le salen las cosas mal o se equivoca que con alguien perfecto.
  2. Póster de "La boda de mi mejor amigo", donde se rompe con el cliché de las relaciones tóxicas del género.
    Los personajes conflictivos dan mucho más juego a la hora de desarrollar una trama sorprendente.  Así, un personaje respetuoso y con un mínimo de sentido común jamás aparecerá el día de tu boda para reventarla (¡con todos los gastos que conllevan esos festejos, cielo santo!). Solo un personaje muy egoísta pasaría por alto tus sentimientos hacia el novio en favor de los suyos por ti.

El verdadero problema con las relaciones tóxicas en la literatura

Entonces, si no es la toxicidad de los personajes ni de sus relaciones, ¿qué es lo que hay en la literatura romántica juvenil de hoy que levanta tantas ampollas? ¿Por qué Crepúsculo o Cincuenta sombras de Grey me parecen tan reprochablemente cutres? ¿Qué es exactamente lo que apesta en After?
Pues bien, en mi opinión es por dos cosas:
  1. Su falta de originalidad y lo trasnochado de los ideales de los que parten. Si te fijas, la historia es exactamente la misma: ella siempre es una mojigata ingenua y sumisona y él un mamarracho controlador y posesivo que contrarresta sus estupideces derrochando dinero y justificándose en lo irracional y arrebatado de su amor. Si no caen en el «la maté porque la quería» es únicamente porque un asesinato no cuadra dentro el género romántico.
  2. Su final, que, contra toda lógica, suele ser feliz. Porque es obvio que la felicidad para las mujeres, según el discurso subyacente a estas obras, es casarse y tener bebés con una bestia transformada en príncipe mediante la magia de la paciencia y la absoluta obediencia femeninas.

Ejercicio de reescritura

No obstante, criticar sin ofrecer ninguna solución es como no haber dicho nada. Por eso, llegados a este punto, me parece necesario dar algunos consejos para romper con el patrón «chica virgen cae en las garras de malvado seductor y contra todo pronóstico acaban viviendo una maravillosa historia de amor». Se me ocurrieron tras escuchar el audiolibro de After (si queréis ver cómo los pongo en práctica podéis echarle un ojo a este relato mío en Wattpad). Ahí van:
  1. Intercambia los géneros de los protagonistas. Porque, fuera caretas, nosotras también podemos ser el agente tóxico. Igual que también ellos pueden ser sumisos. Por todas partes veo novelas donde los dominantes son los hombres, ¿qué tal si desempolvamos la figura de la dominatriz?
  2. Toma protagonistas que no sean heterosexuales o muestra relaciones que no sean binarias. En la comunidad LGTBI+ también existen historias de amor de esas que sería mejor olvidar. No digo que no existan libros protagonizados por este colectivo, pero sí que si hay una relación abusiva, será heterosexual. Por cierto, sobre novelas juveniles protagonizadas por personajes LGTBI+ os recomiendo este video:

  3. Da un final infeliz. Tampoco digo que sea algo tan apoteósico como don Juan siendo arrastrado a los infiernos por el Comendador. Pero que al menos no acaben comiendo perdices con arroz de color rosa en el pelo, por favor.

En conclusión

Tener personajes conflictivos o mostrar relaciones tóxicas no me parece el problema de la literatura romántica actual. De hecho, creo que eso es precisamente lo que ha convertido en auténticos fenómenos de ventas Crepúsculo, Cincuenta sombras de Grey o After. El problema reside en el enfoque machista que las domina, según el cual se normaliza e idealiza la violencia de género. Además, relega a lo anecdótico (cuando no a la nada más absoluta) la diversidad tanto de sexualidades como de modelos de feminidad y masculinidad. Y no hay nada más aburrido que la homogeneidad.
¿Os animáis vosotros también a hacer una reescritura de alguna de estas historias? ¿Se os ocurren más formas de mejorarlas?

viernes, 15 de marzo de 2019

El doblete que no pudo ser o la reseña del 30 de febrero

Este año me había propuesto, además de escribir un par de reseñas mensuales, intercalar la lectura (y recomendación) de libros escritos por hombres y por mujeres. Y aunque hasta ahora lo había estado consiguiendo sin demasiado esfuerzo, con febrero llegó el temido momento de romper la norma: el mes pasado no solo leí poco, sino que además todo lo que leí fue literatura masculina. Podría echarle la culpa al género que todos esos libros comparten, la ciencia ficción, pero no estaría siendo por completo sincera, pues también ahí hay mujeres, y no precisamente de poca calidad. Otra cosa es que se las encuentre, o que sus obras tengan ediciones por las que merezca la pena pagar. Este es el caso de El último hombre, de Mary Shelley, novela de la que solo hay disponibles dos ediciones, y ambas dan bastante vergüenza ajena (para que luego me digan que no hay machismo ni nada). Por eso esta entrada va a ser un poco diferente a como tenía pensado que fuera: no va a ser una comparativa entre El último hombre, de Mary Shelley, y La tierra permanece, de George R. Stewart, sino únicamente una sencilla reseña de esta segunda. Lo del doblete hubiera sido interesante porque ambas, pese a mediar entre ellas más de un siglo (El último hombre fue publicada originalmente en 1826, mientras que La tierra permanece es de 1949), se enmarcan en la ciencia ficción postapocalíptica, y confrontarlas, en mi opinión, podría dar una cierta idea del antes y el después que las dos Guerras Mundiales supusieron para el género, además de mostrar lo que cada cual (hombres y mujeres) puede aportar de distinto y de semejante al arte de la literatura.
Sea como fuere, voy a adelantar que, pese a no estar muy segura de si lo recomendaría, La tierra permanece me encantó. Vamos, es que me gustó tantísimo que lo primero que hice al acabar su lectura fue correr a la librería del barrio a comprarlo, ya que lo había leído en el ebook. La edición en físico que adquirí entonces, y la única disponible en el mercado español, si no me equivoco, es la de 2016 de Gigamesh, cuya traducción corrió a cargo de Lluís Delgado y que cuenta con 334 páginas. He de decir que me gusta muchísimo, sobre todo por la ilustración de la portada, de Alejandro Terán; en ella se muestra un elemento fundamental de la trama, el martillo de Ish, y en torno a él dos manos y chispas ígneas, en referencia a la escena final de la obra (si me seguís en Instagram ya la tendréis vista). No obstante, también me parece una edición un poco cara, teniendo en cuenta que cuesta 24 euros y es de tapa blanda.
En cualquier caso, no es por el precio que dudo si recomendarlo o no, sino por el hecho de que es uno de esos libros en los que no hay demasiada acción, y comprendo que no todos los públicos están llamados a enamorarse de ellos. Así pues, si eres más bien de lecturas a las que se pueda aplicar el adjetivo «trepidante», quizá esta novela no sea para ti. O tal vez sí; si me hubieran dicho de qué trataba La tierra permanece, hubiera creído que me iba a aburrir, y nada más lejos de la realidad. Puede que a ti te pase igual, quién sabe. Puede que te enamores de ella tanto como yo.
A modo de sinopsis diré que en La tierra permanece no pasa nada extraordinario más allá de que la humanidad ha sido barrida del planeta supuestamente por un virus y los pocos supervivientes, uno de los cuales es Isherwood Williams (Ish), se dedican a carroñear entre los restos de la civilización caída. No hay antagonistas más allá de los elementos naturales, la desolación o los propios miedos y limitaciones; no esperéis ningún supervillano del estilo del Gobernador de The walking dead. Aunque, pensándolo mejor, la naturaleza no merece ser tratada como uno de esos antagonistas, ya que más bien ella será la protagonista: creo que Ish, como personaje principal, es en verdad un testigo de cómo los animales, el paisaje, la Tierra, el Universo, todo, sigue su curso sin ni siquiera percatarse de la particular situación en que la humanidad se ve (página 29-30):
"En los cielos, la Luna, los planetas y las estrellas se desplazaban describiendo curvaturas largas y suaves. Carecían de ojos, nada veían; sin embargo, desde los tiempos en que la fantasía nació en el seno del hombre, este imaginó que los astros miraban a la Tierra.
Y si nos dejamos llevar por esa fantasía, si hubiesen mirado a la Tierra, ¿qué habrían visto?
Pues deberíamos decir que no habrían visto ningún cambio. El humo de las chimeneas y las hogueras de campamento ya no enturbiaba la atmósfera, pero seguía elevándose al cielo el de los volcanes y los bosques en llamas. Incluso visto desde la Luna, aquella noche el planeta debía de lucir con su esplendor habitual, ni más brillante ni más apagado."
De esto es de lo que va la primera mitad del libro, más o menos; después lo que Ish presenciará será el origen de algo nuevo, primitivo, diferente. El tímido resurgimiento de una nueva sociedad que, pese a los esfuerzos y desvelos que lo acosan a lo largo de toda su vida, acaba por olvidar o relegar al terreno de lo mitológico todo lo previo a la plaga.
En la contraportada viene expresado así:
El gran clásico del fin del mundo.
Una novela lírica y elegante sobre las inapelables leyes de la naturaleza. 
Tras una plaga, que borra a la humanidad de la faz de la Tierra, Isherwood Williams, uno de los escasos supervivientes, recorre el sudoeste de Estados Unidos en busca de otros como él. Con algunos de los pocos que encuentra forma una comunidad que intenta organizarse mientras es testigo de cómo la naturaleza va borrando poco a poco todo rastro de la presencia del hombre. La tierra permanece es una de las cumbres de la ciencia ficción y una verdadera rara avis, tanto por su patente carácter didáctico como por el lirismo de su prosa. El personaje de Ish es, por una parte, el eslabón entre la civilización condenada y la que surge, vacilante, de sus cenizas, pero también un testigo privilegiado de la fragilidad y arbitrariedad de nuestros códigos de conducta.
"Una hermosa reflexión sobre la ecología, la vejez y la inevitabilidad del cambio" David Pringle, Ciencia ficción: las 100 mejores novelas.
La razón de que el narrador sea equisciente a Ish (si bien a veces hace de reflexiones como la de la primera cita, que aparecen en el texto en cursiva, aisladas del resto del relato, y que son presentadas o desde la omnisciencia, o en primera persona) se encuentra en que él es un estudioso de la geografía y la historia que ya antes de la hecatombe dedicaba su vida a la observación, y que una vez la humanidad cae se propone seguir observando (página 29):
"La situación era aterradora, pero despertaba en él una curiosidad propia de un espectador: le parecía estar presenciando el último acto de una gran obra de teatro. Tal vez fuera un rasgo del carácter de su personalidad: él era..., había sido..., era (en fin, daba igual) un estudiante, un académico en ciernes, y como tal, se sentía más inclinado a observar los hechos que a participar en ellos."
En otras palabras, Ish permite realizar un retrato hasta cierto punto científico de cómo sería el fin de nuestro pequeño hormiguero, de ahí el mencionado "carácter didáctico". No obstante, en este detalle encuentro la prueba de que este libro en verdad no encierra un alegato en favor de una vida más sencilla, como he leído en otros blogs: toda la trayectoria vital del personaje se encuentra marcada por el obsesivo empeño de revivir la civilización del bienestar basado en el progreso industrial; sus pensamientos siempre vuelven a la necesidad de guardar la memoria de ella, de su pasado y sus ciencias.
También he visto comentarios en donde la gente expresaba que Ish era poco creíble por la aparente calma, apatía incluso, con que se enfrenta a la situación. Pero es que este personaje gozará de otro rasgo, aparte de su interés científico, que le facilitará la vida en esas circunstancias, y es que es una persona bastante antisocial. Esto lo indica él mismo en la página 50:
"Tomó lápiz y papel y decidió anotar sus cualidades, los motivos por los que podría seguir viviendo e incluso alcanzar cierto grado de felicidad  [en esas circunstancias], y los demás, no.
Para empezar, y sin dudar un momento, garabateó:
1) Tengo ganas de vivir. Quiero ver qué le pasará al mundo sin el hombre y cómo pasará. Soy geógrafo.
Debajo anotó otros puntos:
2) Siempre he sido un solitario. No necesito hablar con nadie.
[...]"
Por último, la elección de Ish como punto de vista por parte del narrador me parece que tiene algo que ver con que el autor, si bien se doctoró en Literatura Inglesa, era un apasionado viajero, además de un enamorado de la historia y la geografía. De hecho, publicó numerosos ensayos en relación a estas materias. Por ello, no se me hace demasiado descabellado pensar en Ish como en un alter ego de George R. Stewart.
Pero volvamos a la cuestión del principio. Hay otra razón por la que no sé si recomendar este libro a pesar de que me ha encantado, y es por que para comprenderlo en profundidad me parece necesario poseer cierto bagaje cultural e histórico, así como mucho espíritu crítico. Me explico: Isherwood es un hombre de los años 40. Y cuando digo esto me refiero a que Ish es un hombre blanco de clase acomodada de los Estados Unidos de la ley Jim Crow, un hombre que cree a pies juntillas en pseudociencias racistas y discrimiatorias como el darwinismo social, la frenología o la eugenesia, cuyo desarrollo se vio impulsado por el auge de los fascismos de la época. Esto queda patente en detalles como el trato que recibe "Evie, la boba", constante y dulcemente marginada por todos hasta extremos terribles (y aquí lo dejo, porque sería spoiler seguir comentándolo). Asimismo, ejemplo de ello es la siguiente afirmación que hace Ish en relación a la forma de ser de Em, la cual presenta como predeterminada por sus orígenes raciales (página 126):
"Ish se llevó una sorpresa mayúscula y supo que ella lo notó. La tez oscura, los ojos negros y cristalinos, los labios carnosos, los dientes blancos, el carácter conformista... Todas las piezas encajaron en el instante."
Y sin embargo, Em siempre es capaz de poner un contrapunto a sus obsesiones, de señalar lo inevitable de la situación y la carencia de relevancia cósmica de la misma. Por eso, por su sencillez y su humildad, por su capacidad para pensar más allá de los límites establecidos e innovar, es mi personaje favorito, y por eso, aunque Ish se crea muchas veces superior a ella (ya no por su raza, sino por ser ella mujer y él hombre), no le quedará otra que acabar reconociendo y admirando su sabiduría.
Asimismo, teniendo en cuenta precisamente el contexto histórico en que se escribió, este libro me parece muy valiente, ya que muestra una relación interracial (Em es mulata, mientras que Ish es un hombre blanco). Esto no es, en absoluto, el tema central del texto, de modo que no aparecerá más allá de la escena en que Em e Ish creen haber engendrado a su primer hijo, pero aún así me parece memorable, ya que muestra los miedos de ella, de que la historia se repita y su descendencia esté condenada, a la par que Ish califica el racismo de una superficialidad, «un lujo» (página 126):
"–Al principio no tenía importancia –prosiguió Em en apenas un susurro–. A nadie le preocupaban esas cosas. Pero el pueblo de mi madre no tuvo mucha suerte. Y ahora que todo tiene que volver a empezar, creo que no debería formar parte del mundo. Es igual, lo que más me preocupa es que no he sido justa contigo.
Ish no escuchó ni una palabra más. Lo absurdo de la situación lo golpeó de lleno y se echó a reír, no podía parar. Al final, ella se relajó y rompió a reír con él al tiempo que lo abrazaba con más fuerza.
–Cariño, todo está hecho polvo –dijo Ish–. Nueva York está vacía desde Spuyten Duyvil hasta el parque de Battery, y en Washington ya no queda nadie que nos gobierne. Los senadores, los jueces y los gobernadores están muertos y enterrados, igual que los antisemitas y los racistas. Sólo somos dos pobres diablos que sobreviven recogiendo las migajas de la civilización, y encima sin estar seguros de que las hormigas, las ratas o vete a saber qué no vaya a acabar con nosotros. Igual dentro de mil años la gente pueda permitirse el lujo de volver a pensar en esas cosas y preocuparse por ellos. Pero lo dudo. Ahora mismo, aquí sólo estamos nosotros dos. O nosotros tres."
Creo, en resumen, que si no se tienen claros determinados conceptos, el lector podría tomar por originales y hasta válidas ideas caducas y peligrosas como esas (y si no creéis que existan ideas peligrosas, os recomiendo la serie de documentales de la BBC Historia del racismo, que está completa en Youtube, así como este de Documentos TV sobre la eugenesia, o este y este otro sobre el Proyecto Lebensborn). Aunque también he de decir que al enfrentarse a cualquier clásico, no solo a La tierra permanece, es necesario tener muy presente las distancias que nos separan de sus autores, así como que estos son seres humanos y no dioses, que sus palabras son meras opiniones y no verdades universales. Si no, se corre el riesgo de acabar hablando de «deshonras» y «venganzas» en pleno siglo XXI tras leer, no sé, a Shakespeare. O de tragarse las elucubraciones racistas de Jack London o la profunda misoginia de Quevedo como realidades indiscutibles.
Por otra parte, nada de esto significa que los personajes no sean entrañables y maravillosos, o que una no pueda encariñarse con ellos y emocionarse como una tonta con su historia. De hecho, hacía muchísimo tiempo que no me enganchaba tantísimo un libro, o que no lloraba a moco tendido con un final. ¿Y no es eso lo que hace a la literatura ser un arte? ¿No es su capacidad para despertar la empatía del lector, para conectar con nosotros, lo que hace un texto especial? Yo creo que un clásico es aquel libro que, por mucho tiempo que haya transcurrido desde que se escribió y por muy diferentes que sean las sociedades que lo envuelven, conserva intacta su capacidad para conmover.
Si al fin decidís adentraros en estas páginas, espero que las disfrutéis tanto como yo, pero mejor si sois vosotros mismos quienes decidís si estáis preparados para hacerlo Yo, por mi parte, me quedo con esta reflexión de la página 74:
"Las vallas eran reales, pero también eran símbolos. Una valla que separa los rebaños de las cosechas era real, pero otra que separa el centeno de la avena era solo un símbolo, puesto que los cereales no se mezclaban por sí mismos. [...] En cuanto las vallas se rompen, tanto en el sentido literal como en el simbólico, desaparecen los pedazos, los bloques y los cambios abruptos en el paisaje, y este pasa a ser impreciso y ondulado, como lo había sido al principio"
A fin de cuentas, creo que las fronteras son eso, vallas. Pero no vallas «reales», por usar el término del autor, sino simbólicas, ya que, por mucho que pretendan los medios de comunicación y los políticos de la xenofobia hacernos creer lo contrario, no separan herbívoros de cosechas, sino cosechas entre sí: no separan seres distintos, amenazados y amenazadores, sino iguales. Las fronteras son las vallas en las que se encuentra el símbolo de un sistema racista.

Puntuación dada en Goodreads: 🌏🌏🌏🌏🌏/5

Por cierto, otro libro que me leí el mes pasado y que me gustó muchísimo fue el de Ubik, de Philip K. Dick, que si sois fans de la película Matrix, ya estáis tardando en leerlo.

martes, 29 de enero de 2019

El amor no todo lo puede, Margaret

Soy muy indecisa, tengo que admitirlo. Terroríficamente indecisa, a decir verdad; cualquiera que haya tenido la desgracia de ir conmigo a comprar casi cualquier cosa sabrá que no exagero. Por eso, cuando voy a alguna librería, suelo dejarme llevar por la opinión lectora de quien me esté atendiendo en ese momento. Así fue como descubrí al maravilloso Terry Prattchet, porque me apetecía leer algo de fantasía pero no tenía nada concreto en mente y había demasiadas opciones interesantes ante mí, de modo que le dejé al chaval de la chapita en el pecho que me vendiera lo que quisiera. Y acertó, ya lo creo que acertó (en serio, os recomiendo muchísimo su saga de las Novelas del Mundodisco).
También de este modo llegó a mis manos la novela distópica que pretendo comentar en esta reseña, Por último, el corazón, de la canadiense Margaret Atwood. Sí, la de El cuento de la criada, esa misma Margaret, aunque si aún así no os suena ni os hacéis una idea de su calibre literario, cito el siguiente párrafo de la contraportada:
"Dueña de una de las mentes más lúcidas del panorama literario actual, Margaret Atwood es no sólo una institución de las letras canadienses, sino también una figura relevante que se ha volcado en la promoción de la literatura y la protección del medioambiente. Esta novela se inscribe en el ámbito de la ficción especulativa, género en el que Atwood ha cosechado algunos de los mayores éxitos de su formidable bibliografía."
Compré esta novela en Navidad, como regalo para mí misma ya que ni a los reyes ni a Santa Claus les dio por fomentar mis vicios. Aunque, no obstante, sí que había entrado en el establecimiento buscando algo concreto. Quería comprar El cuento de la criada, pero se les había agotado, así que dejé a la librera seducirme con los títulos que a ella más le habían enamorado.
El libro que manejo, editado por Salamandra, es una tercera edición del 2018, aunque la primera en español se remonta al 2016 (en el original, en inglés, se publicó en el 2015). Y aunque es de tapa blanda, es un tomo considerablemente grande, y no lo digo sólo por sus más de 400 páginas. Me costó 20€ justos y, por cierto, lo voy a sortear en mi cuenta de Instagram una vez alcance los 700 seguidores (just saying).
Pero vayamos a lo importante: ¿de qué trata esta historia? A mí me parece que en la sinopsis de la contraportada aparece algún spoiler (no entiendo a la gente que escribe estas cosas, en serio), pero aquí os la dejo:
"Víctimas de la debacle económica, Stan y Charmaine se instalan en el coche tras perder su casa. Malviven gracias a los escasos ingresos que ella consigue en un bar de poca monta. Es entonces cuando llama su atención un anuncio acerca del Proyecto Positrón, un experimento social en el que los habitantes de la idílica ciudad de Consiliencia se dividen en dos grupos que alternan su modus vivendi cada treinta días: mientras el cincuenta por ciento se recluye en la Penitenciaría Positrón para mantener el sistema, la otra mitad disfruta de plena libertad y lleva un estilo de vida propio de la clase media. Al cabo de un mes, intercambian sus roles: los libres ingresan en prisión y los encarcelados se instalan en las viviendas que ocupaban los nuevos reclusos, haciendo uso común de todos los objeto, enseres y aparatos. Agotado el entusiasmo inicial, Stan y Charmaine no tardan en percatarse de que Consiliencia no es el paraíso que habían imaginado y pronto se ven envueltos en una serie de aventuras disparatadas, atrapados en un torbellino de lujuria que les hará cuestionarse sus valores y sentimientos más profundos."
Esto sería lo que sucede en, más o menos, el primer tercio o incluso la primera mitad del libro (yo por eso prefiero muchas veces no leer las sinopsis; me gustan las sorpresas). 
La verdad es que me gustó mucho cómo empieza; me parece que describe muy bien cómo es la vida cuando caes en el lado feo del sistema actual, me gusta cómo en esta historia nos mete en la piel de una pareja desahuciada que se ve obligada, después de haber trabajado muy duro, a sobrevivir en la calle. Sin embargo, el Proyecto Positrón me dejó un poco contrariada; reconozco que esperaba algo parecido al experimento de la cárcel de Stanford (si picáis os encontraréis con el trailer de la peli más reciente, si no me equivoco, aunque hay otras, además de un documental muy interesante, aunque si no tenéis tiempo para verlo aquí os dejo un resumen). No obstante, la idea que plantea también es muy interesante: las ciudades gemelas de Consiliencia-Positrón pretenden ser una unidad autosuficiente donde todos pueden vivir bien por igual, pero no lo consiguen ya que todo el proyecto se planteó desde el modelo capitalista, es decir, Consiliencia-Positrón no tienen como fin garantizar de forma altruista una vida digna a los participantes, sino sacar beneficios económicos. Se trata, pues, de una distopía porque presenta un concepto de sociedad ideal, utópica, y lo retuerce y distorsiona hasta hacer que pase de ser deseable a ser detestable y terrorífica. Y eso me encanta.
Otra cosa que me encandiló de este libro fue cómo está escrito, cómo el narrador es capaz de mostrarnos los sentimientos de los personajes y su evilevolu evolución: Margaret escribe aquí en tercera persona, si bien se introduce en sus cabezas para ofrecernos de forma indirecta sus pensamientos y deseos, y también los cambios que en ellos se produce al enfrentarse a esas nuevas situaciones. Aunque nada es inesperado o inverosímil: ya desde el inicio entrevemos en la dulce y pasiva Charmaine una vertiente amante del riesgo, de la aventura. Una vertiente no satisfecha por Stan, que es un rancio y un machirulo (no sé cómo más expresarlo sin hacer spoiler). En cualquier caso, a mí Charmaine y Stan me parecen una pareja con profundos problemas que lo mejor que podrían hacer el uno por el otro es divorciarse y buscarse a otro ser humano que les permitiera realizarse no solo en parte. PERO BUENO, como el libro está escrito en clave humorística, no voy a darle más vueltas a su relación.
De todas estas problemáticas, que son en verdad las reflexiones de fondo que vertebran toda la trama, ya se avisa en la contraportada; no estoy inventando nada:
"La desbordante imaginación de Atwood, arropada por un mordaz sentido del humor, da vida a una novela que, si bien gira en torno a un fenómeno tan actual como la progresiva extinción de la clase media, incide también en los entresijos de la pareja moderna, desvelando de forma inquietante su intimidad, sus crisis, sus demonios y fantasías. Una punzante obra de uno de los escritores más talentosos de la narrativa contemporánea"
Y ahora lo que NO me gustó de la novela: el final. No me gustó nada de nada. De  hecho, me decepcionó mucho; me parece que todo el mensaje del libro, toda la reflexión y la crítica, explotan en el montón de confeti y purpurina del "vivieron felices y comieron perdices". Toda la evolución de los personajes queda en nada con ese final, porque vuelven mágicamente al inicio, a la mediocridad de su sueño americano. Pero no solo es un final que odiara por Charmaine y Stan, sino también por el resto del elenco de personajes, porque ni siquiera tiene el menor sentido para ellos.
Por otra parte, cuando comienzan los líos amorosos no pude evitar pensar en 1984, de George Orwell, y esto no es algo positivo, ya que a mí esa historia no me gustó en absoluto (ya, ya sé que acabo de soltar un sacrilegio, pero es que soy más de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, qué le voy a hacer).
En cualquier caso, creo que de todas las reflexiones que ofrece la novela, me quedo con ésta, de la página 207:
"Al repasar su vida, se ve tendido sobre la tierra como un gigante cubierto de hilos minúsculos que lo tienen inmovilizado. Hilos minúsculos de inquietudes insignificantes, preocupaciones pequeñas y miedos que se tomó en serio en un momento. Deudas, horarios, la necesidad de dinero, el anhelo de comodidades; la melodía pegadiza del sexo, repitiéndose una y otra vez como un bucle neuronal. Ha sido la marioneta de sus propios deseos reprimidos.
No debería haberse dejado enjaular allí, apartado de la libertad por un muro. Pero, ¿qué significa ya la libertad? ¿Y quién lo ha enjaulado, quién ha levantado ese muro? Lo ha hecho él solo. Con tantas decisiones pequeñas... La reducción de sí mismo a una serie de datos numéricos en manos de otros, controlados por otros. Tendría que haber abandonado las ciudades desintegradas, huido de la vida encorsetada e incómoda que llevaba. Tendría que haber salido de la red electrónica, haber tirado todas las contraseñas, haber deambulado por la tierra como un lobo famélico, aullándole a la luna."
Porque yo también me la he planteado muchas veces. Huir, desaparecer del mapa, vagar por la tierra, refugiarme de la vida en, yo qué sé, Tailandia... ¿A quién puede esa idea no tentarle? Aunque hay que reconocer que Charmaine tiene toda la razón cuando se muestra así de pragmática (página 302):
"Cuando pasas la mano por delante del dispensador de papel higiénico suena una melodía. Es el himno del Together; viene de alguna canción antigua que hablaba de no tener ni un céntimo y llevar ropa mugrienta y tener que seguir adelante, hombro con hombro, todo más o menos parecido a cuando Stan y ella vivían en el coche; pero en la canción nada de eso importa, porque los dos están juntos y entonan una canción. Una canción sobre estar juntos, para el restaurante llamado Together.
Esa canción miente. No tener dinero sí importa, y también tener que llevar ropa andrajosa. Y precisamente porque importa, Stan y ella se unieron al Proyecto."
En conclusión, tengo sentimientos encontrados con esta novela. Por una parte la recomiendo porque me encanta cómo escribe Margaret Atwood; me fascina su habilidad para tejer una historia ágil e interesante sin olvidar temas de actualidad. Aunque por otra parte está ese final... Sólo por ese final de comedia romántica cutre donde el amor todo lo puede quemaría este libro.

Puntuación dada en Goodreads: 💔💔💔/5

martes, 11 de diciembre de 2018

Una tragicomedia turolense

Como quincuagésimo primera lectura para mi reto lector del 2018 escogí Los amantes de Teruel, de Juan Eugenio Hartzenbusch Martínez, y en torno a ella se desarrollará la primera entrada de este diario literario virtual.
La edición de la que parto es de Planeta, y está fechada en 1989 (me hice con ella en una librería de viejo de esas que tanto me gustan por casi nada). En ella, además del escrito de Hartzenbusch, se incluye una amplia introducción así como múltiples notas del editor, Ramón Andrés. Por ello, de las 206 páginas que tiene el libro en total, tan sólo 83 son ocupadas por el texto literario. En cualquier caso, esta obra de teatro vio la luz por primera vez en 1836, aunque su versión final, que es la que se recoge aquí, no sería publicada hasta 1849.
En cuanto al autor, cuya vida transcurrió entre los años 1806 y 1880, puede decirse que además de un gran poeta y dramaturgo romántico fue un notable filólogo y crítico. Nació de la unión entre una española y un alemán, de ahí el impronunciable primer apellido, y quizá también su tendencia a ideales como la libertad, el medievo legendario o el amor como sentimiento arrebatador e inalterablemente desdichado – ¿por qué no presuponerlo teniendo en cuenta que es en el país germano donde nace el Romanticismo? ¿Porque hay muchas más razones para ello? Bueno, sí, pero tampoco es cuestión de hacer de esta entrada un ensayo biográfico, ¿me equivoco?
Los amantes de Teruel es, pues, todo un clásico, y a continuación lo destriparé a base de spoilers, si es que es eso posible teniendo en cuenta que es más que probable que el sistema educativo se me haya adelantado. No obstante, avisado queda el usuario.
La leyenda en la que se inspira la trama de Los amantes de Teruel podría remontarse al siglo XIII, y se encuentra citada en la introducción de esta edición según la versión que el editor califica como la "más ajustada a una tradición", la de las Relaciones históricas de los siglos XVI y XVII. A modo de sinopsis aquí la dejo yo también:
"En la iglesia de San Pedro, en la capilla de San Cosme y San Damián, de la dicha ciudad, está la sepultura de los Amantes, que llaman de Teruel, y dicen eran un mancebo y una doncella que se querían mucho, ella rica y él al contrario; y como él pidiese por mujer la doncella, y por ser pobre no se la diesen se determinó a ir por el mundo a adquirir hacienda y ella aguardarle ciertos años, al cabo de los cuales, y dos o tres días más, volvió rico y halló que aquella noche se casaba la doncella. Tuvo trazas de meterse debajo de su cama y, a media noche, le pidió un abrazo, dándose a conocer; ella le dijo  que no por no ser ya suya, y él murió luego al punto. Lleváronle a enterrar, y ella fue al entierro, y cuando le querían echar en la sepultura, se arrimó al ataúd y quedó allí muerta, y así los enterraron juntos en una sepultura, sabido el caso."
Antes de nada, he de ser honesta: me encanta la leyenda. Sin embargo, y a pesar de la brevedad de la obra de Harzenbusch, este título llevaba bastante tiempo entre mis lecturas pendientes, y al fin, después de mucho remolonear, le eché el guante y nos encaramos en un silencioso pero apasionado duelo al atardecer. Caí rendida, claro está; me encandilaron  la retórica y el verso rimado (y el personaje de Margarita, la madre, ¡ay, ese personaje! Más adelante explico por qué), si bien nada logró evitar que me riera de sus héroes. No en vano, supongo, existe el dicho ese de "los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él". Además, la historia de Hartzenbusch en un poco distinta de la original: elimina el funeral (en mi opinión, para mal).
Pero centrémonos ahora en sus protagonistas, capaces de convertir con tanto patetismo y mala suerte sus desgracias en aconteciendo un tanto cómicos. El mejor ejemplo de ello está, desde mi punto de vista, en la propia muerte de los héroes: se mueren porque no pueden estar juntos, literalmente. Bueno, Marsilla se muere porque Isabel le niega un abrazo, y ella porque él se ha muerto. Pero lo importante no es que no haya suicidio de por medio, que tampoco lo hay en el relato original, sino el hecho de que, a diferencia de la leyenda, caen muertos tan de repente que ni tienen tiempo de llorarse ni le dejan al receptor empatizar con su dolor. Como ya dije, se elimina la escena del funeral, y creo que en ella es donde estaba la clave. Ahora, al morirse tan repentinamente, me entró la risa. Quizá sea más simbólico y dramático este final porque Isabel "antes de llegar, cae sin aliento con los brazos tendidos hacia su amante": el suyo es un amor imposible y ni siquiera en la muerte logran unirse, abrazarse. Pero sigue pareciéndome mucho más bonita la imagen con que se cierra la leyenda, en la que ella se desploma sobre el cuerpo inerte de Marsilla, durante su funeral. Es, en resumen, un final tan precipitado que, como lectora, no sentí que tuviera tiempo de saborearlo, de enternecerme.
Pero la de Isabel y Marsilla no es la única muerte repentina y absurda más allá de las necesidades del texto que una puede encontrarse aquí. Hay otra mucho mejor: la de Roger de Lizana. Esta es narrada por Pedro de Segura, el padre de Isabel, al principio del drama, y no caigo en hipérboles al decir que me parece digna de "Mil maneras de morir". El fallecimiento de Roger sucede así (versos 589-598):
"En fin, de estarse / tanto sin pestañear, / él, cuyos sentidos eran / la suma debilidad, / se trastornó y cayó; dio / la guarnición del puñal / en tierra, le fue la punta / al corazón a parar / al infeliz, y a mis plantas / rindió el aliento vital."
Por cierto, cuando Pedro dice lo de "la suma debilidad" es porque Roger se había vuelto loco, "imbécil", debido a una misteriosa enfermedad. Y, aunque nunca se aclara del todo en la obra, me juego lo que queráis a que esta muerte también se debe a un amor frustrado. Parece que Cupido se había propuesto por aquel entonces quitarle el trabajo a la Parca.
Pero no es el único asesino en serie suelto. También está el honor. Quizá esto no resulte algo muy especial teniendo en cuenta la época, pero Pedro lo hace especial. Unos versos más arriba de los antes citados, Pedro dice haber estado dispuesto a dejarse matar cuando Roger lo atacó porque, en efecto, se encuentra también poseído por el poco práctico espíritu del romanticismo y preferiría morir a ir contra los designios del corazón de su hija. No obstante, debe hacerlo (contrariarla, digo), ya que dio su palabra de que si tras seis años y siete días Marsilla no aparecía hecho un hombre rico, ella se casaría con Rodrigo. En este punto yo me pregunto que si él era también un romántico, ¿por qué en un principio prefirió forzar un matrimonio de conveniencia, por qué no dejó a Isabel hacer lo que le daba la real gana?
En cualquier caso, he de reconocer que  en un primer momento Rodrigo me despertó más simpatía que Marsilla cuando hablando con Isabel (versos 1228-1267) le dice:
"Pues bien, amad [a Marsilla], Isabel, / y decidlo sin reparo; / que con ese amor tan fiel, / aunque a mí me cueste caro, / nunca me hallaréis cruel. / Mas si ese afecto amoroso, / cuya espresión no limito, / mantener os es forzoso, / yo, mi bien, yo necesito / el nombre de vuestro esposo. / No más que el nombre, y concluyo / de desear y pedir: / todas mis dichas intuyo / en la dicha de decir: / Me tienen por dueño tuyo. / Separada habitación, / distinto lecho tendréis... / ¿Queréis más separación? / Vos en Teruel viviréis, / yo en la corte de Aragón. / ¿Teméis que la soledad / bajo mi techo os consuma? / Vuestros padres os llevad / con vos: mudaréis en suma / de casa y de vecindad. / Nunca sin vuestra licencia / veré esos divinos ojos... / ¡Ay!, dádmela con frecuencia. / Si os oprimen los enojos, / hablad, y mi diligencia / ya un festín, ya una batida, / ya un torneo dispondrá. / Si lloráis... ¡Prenda querida! / cuando lloréis, ¿qué os dirá / quien no ha llorado en su vida? / Míseros ambos, hacer / con la indulgencia podemos / menor nuestro padecer. / Ahora, aunque nos casemos, / ¿me podréis aborrecer?"
Me parece hermoso que le de espacio, incluso pese a que lo haga para paliar el hecho de que no respeta lo que ella realmente desea, que es casarse con Marsilla o si no, meterse a monja. Y llegados a este punto hago otro paréntesis para seguir preguntándome cosas: ¿por qué insiste Rodrigo tanto en contraer matrimonio con una chica a la cual, como él mismo sugiere, ni verá porque pretende marcharse a Aragón? Quiero decir, ¿de veras aceptaría amargarle la existencia a una persona sólo para poder decir que la tiene por esposa? No sé, Rodrigo, ¿de veras no hay algo más? ¿No será que necesitas disimular que te sales de lo que viene siendo la heteronormatividad? ¿O quizá se trata de que en verdad no eres tan rico como presumes y pretendes dar aquí el braguetazo del siglo? Me parece un antagonista perfecto para dejar volar la imaginación.
Sea como fuere, tras la muerte de Roger de Lizana acaban en manos de Rodrigo unas cartas que comprometen el honor de la familia de Isabel: resulta que el patoso caballero que se clavó su propio puñal era el amante de la madre (de aquí sale la teoría de la locura por amor). Por ello, cuando Isabel no quiere casarse con Rodrigo, ya casi concluido el plazo dado a Marsilla para que regrese, el pretendiente desdeñado recurre al chantaje y la heroína decide sacrificar su felicidad en el altar del qué dirán.
Entonces, con el chantaje chungo, es cuando empezó a caerme un poco mejor Marsilla. Pero no mucho mejor; es un llorón en cuya estampa parecen haber coincidido más de una maldición gitana y la mirada de unos cuantos tuertos además de la de la loca de Zulima, y encima cuando al fin logra volver a Teruel, coge y le suelta a la pobre de Isabel (versos 1752-1767):
"Isabel, mira, / yo no vengo a dar quejas: fueran vanas. / Yo no vengo a decirte que debiera / prometerme de ti mayor constancia, / cumplimiento mejor del tierno voto / que invocando a la Madre inmaculada, / me hiciste amante la postrera noche / que me apartó de tu balcón el alba. - Para ti (sollozando me decías) / ¡O si no, para Dios! - ¡Dulce palabra, / consoladora fiel de mis pesares / en los ardientes páramos del Asia / y en mi cautividad! Hoy ni eres mía, / ni esposa del Señor. Di, pues, declara / (esto quiero saber) de qué ha nacido / el prodigio infeliz de tu mudanza."
Y más adelante, cuando ella le niega el abrazo, insiste e insiste, así que ella se ve en la tesitura de tener que negarse hasta en cuatro ocasiones. Pero vamos a ver, que está casada, que si la pillan dándote un abrazo será ante todos una mujer infiel y lo mejor que puede pasarle como tal es que se vea arruinada; ¿en serio la quieres tan poco, Marsilla, que por tu calentura la pones en peligro? ¿En serio? No sé vosotros, pero yo creo que es más bonito en esa situación hacerse a un lado elegantemente que estar insistiendo o echándole en cara nada a nadie.
Con diferencia, pues, lo que más me gustó fue la escena en la que la madre recuerda que ella también es una romántica, se reconcilia con su hija y se compromete a interceder y evitar la boda con Rodrigo. Todo comienza con Isabel lamentándose y amenazando con dejarse morir (versos 813-884):
"ISABEL: [...] Yo entonces a la virtud / nombre daba de falsía, / rabioso llanto vertía, / y hundirme en el ataúd / juraba en mi frenesí / antes que rendirme al yugo / de ese hombre, fatal verdugo, / genio infernal para mí.
MARGARITA: Por Dios, por Dios, Isabel, / moderad ese delirio; / vos no sabéis el martirio / que me hacéis pasar con él.

ISABEL: ¡Qué! ¿Mi audacia os maravilla? / Pero estando ya tan lleno / el corazón de veneno, / fuerza es que rompa su orilla. / No a vos, a la piedra inerte / de esa muralla desnuda; / a esa bóveda que muda / oyó mi queja de muerte; / a este suelo donde mella / pudo hacer el llanto mío, / a no ser tan duro y frío / como alguno que le huella, / para testigos invoco / de mi doloroso afán; / que, si alivio no le dan, / no les ofende tampoco.

MARGARITA: ¿Quién con ánimo sereno / la oyera? El dolor mitiga; / de una madre, de una amiga / ven al cariñoso seno. / Conóceme, y no te ahuyente / la faz severa que ves: / máscara forzosa es / que dio el pesar a mi frente; / pero tras ella te espera, / para templar tu dolor, / el tierno, indulgente amor / de una madre verdadera.
ISABEL: ¡Madre mía! (Abrázanse.)
MARGARITA: Mi ternura te oculté... porque debí... /¡Ha quince años que hay aquí / guardada tanta amargura! / Yo hubiera en tu amor filial / gozado, y gozar no debo / nada ya, desde que llevo / el cilicio y el sayal.
ISABEL: ¡Madre!
MARGARITA: Temí, recelé /dar a tu amor incentivo, / y sólo por correctivo / severidad te mostré; / mas oyéndote gemir / cada noche desde el lecho, / y a veces en tu despecho / mis rigores maldecir, / yo al Señor, de silencioso / materno llanto hecha un mar, / ofrecí mil veces dar / mi vida por tu reposo.
ISABEL ¡Cielos! ¡Qué revelación / tan grata! ¡Qué injusta he sido! / ¿Que tanto me habéis querido?/ ¡Madre de mi corazón! / Perdonadme... ¡Qué alborozo / siento, aunque llorar me veis! / Seis años ha, más de seis, /que tanta dicha no gozo. / Mi desgracia contemplad, / cuando como dicha cuento / que mis penas un momento / aplaquen su intensidad. [...]"
Juro que lloré con este diálogo; me parece tan emotivo, tan hermoso, tan real. Y es que esa es la magia de la literatura, a mi entender; ser capaz de hablar de una verdad que yace dentro de nosotros mismos a la par que nos muestra acontecimientos ficticios. Así, aunque no conozco a nadie que haya sufrido una muerte súbita debido a un amor imposible, sí he vivido enfados y reconciliaciones, ¿quién no? ¿Es acaso posible vivir sin herir alguna vez a alguien a quien queremos, sin sufrir su odio y su rencor? ¿A quién no le ha pasado de no saber cómo explicarse o si se debe disculpar? ¿Quién puede asegurar sin mentir que no ha llorado en secreto por esas causas? ¿Quién no ha dado o recibido un perdón?
En resumen, y a pesar de lo que quizá pueda haber parecido por lo dicho de sus personajes, recomiendo mucho leer Los amantes de Teruel. Puede que a veces el drama sea demasiado y acabe convirtiéndose en parodia de sí mismo, pero reconozco que lo pasé francamente bien entre sus páginas: reí, lloré, y hasta gocé del verso rimado. Además, aborda un tema todavía de gran actualidad: aboga por el amor como raíz de los matrimonio en lugar de la conveniencia y el dinero (porque sí, aún hoy las uniones de conveniencia atrapan a multitud de mujeres, niñas muchas veces, en el mundo).

Puntuación dada en Goodreads: 📜📜📜📜 /5