sábado, 1 de junio de 2019

Por qué las relaciones tóxicas son necesarias (en la literatura), pero el machismo aburre (siempre)

Que vivan los conflictos

Relaciones tóxicas en la literatura ha habido desde que hay literatura. Si no me crees, dime, ¿qué es eso que hubo entre Heathcliff y Catherine Earnshaw? Exacto, una relación súper tóxica que los hizo a todos muy infelices. Pero Cumbres borrascosas no solo es un clásico, sino que además engancha, y mucho.
Esto se debe a varias razones, según alcanzo a entender:
  1. Los personajes conflictivos son mucho más verosímiles que los personajes ideales. Y donde hay verosimilitud, hay empatía. Yo, al menos, tiendo a identificarme más con un personaje al que a veces le salen las cosas mal o se equivoca que con alguien perfecto.
  2. Póster de "La boda de mi mejor amigo", donde se rompe con el cliché de las relaciones tóxicas del género.
    Los personajes conflictivos dan mucho más juego a la hora de desarrollar una trama sorprendente.  Así, un personaje respetuoso y con un mínimo de sentido común jamás aparecerá el día de tu boda para reventarla (¡con todos los gastos que conllevan esos festejos, cielo santo!). Solo un personaje muy egoísta pasaría por alto tus sentimientos hacia el novio en favor de los suyos por ti.

El verdadero problema con las relaciones tóxicas en la literatura

Entonces, si no es la toxicidad de los personajes ni de sus relaciones, ¿qué es lo que hay en la literatura romántica juvenil de hoy que levanta tantas ampollas? ¿Por qué Crepúsculo o Cincuenta sombras de Grey me parecen tan reprochablemente cutres? ¿Qué es exactamente lo que apesta en After?
Pues bien, en mi opinión es por dos cosas:
  1. Su falta de originalidad y lo trasnochado de los ideales de los que parten. Si te fijas, la historia es exactamente la misma: ella siempre es una mojigata ingenua y sumisona y él un mamarracho controlador y posesivo que contrarresta sus estupideces derrochando dinero y justificándose en lo irracional y arrebatado de su amor. Si no caen en el «la maté porque la quería» es únicamente porque un asesinato no cuadra dentro el género romántico.
  2. Su final, que, contra toda lógica, suele ser feliz. Porque es obvio que la felicidad para las mujeres, según el discurso subyacente a estas obras, es casarse y tener bebés con una bestia transformada en príncipe mediante la magia de la paciencia y la absoluta obediencia femeninas.

Ejercicio de reescritura

No obstante, criticar sin ofrecer ninguna solución es como no haber dicho nada. Por eso, llegados a este punto, me parece necesario dar algunos consejos para romper con el patrón «chica virgen cae en las garras de malvado seductor y contra todo pronóstico acaban viviendo una maravillosa historia de amor». Se me ocurrieron tras escuchar el audiolibro de After (si queréis ver cómo los pongo en práctica podéis echarle un ojo a este relato mío en Wattpad). Ahí van:
  1. Intercambia los géneros de los protagonistas. Porque, fuera caretas, nosotras también podemos ser el agente tóxico. Igual que también ellos pueden ser sumisos. Por todas partes veo novelas donde los dominantes son los hombres, ¿qué tal si desempolvamos la figura de la dominatriz?
  2. Toma protagonistas que no sean heterosexuales o muestra relaciones que no sean binarias. En la comunidad LGTBI+ también existen historias de amor de esas que sería mejor olvidar. No digo que no existan libros protagonizados por este colectivo, pero sí que si hay una relación abusiva, será heterosexual. Por cierto, sobre novelas juveniles protagonizadas por personajes LGTBI+ os recomiendo este video:

  3. Da un final infeliz. Tampoco digo que sea algo tan apoteósico como don Juan siendo arrastrado a los infiernos por el Comendador. Pero que al menos no acaben comiendo perdices con arroz de color rosa en el pelo, por favor.

En conclusión

Tener personajes conflictivos o mostrar relaciones tóxicas no me parece el problema de la literatura romántica actual. De hecho, creo que eso es precisamente lo que ha convertido en auténticos fenómenos de ventas Crepúsculo, Cincuenta sombras de Grey o After. El problema reside en el enfoque machista que las domina, según el cual se normaliza e idealiza la violencia de género. Además, relega a lo anecdótico (cuando no a la nada más absoluta) la diversidad tanto de sexualidades como de modelos de feminidad y masculinidad. Y no hay nada más aburrido que la homogeneidad.
¿Os animáis vosotros también a hacer una reescritura de alguna de estas historias? ¿Se os ocurren más formas de mejorarlas?

lunes, 15 de abril de 2019

Que despertar nos lleve a las palabras, no a la tumba

Hace algunas semanas, gracias a unos amigos en común, conocí a una muchacha de lo más interesante que resultó que había estudiado en la misma facultad que yo, y antes de que la conversación degenerara tuvimos ocasión de charlar sobre lecturas que hicimos en nuestra época universitaria. Entre los títulos de los que hablamos relució El despertar, de Kate Chopin, una novela estadounidense publicada por primera vez en 1899. Reconozco que en su momento no disfruté demasiado de ese clásico, ya que no logré empatizar con los personajes y su desarrollo emocional se me hizo demasiado abrupto, aunque he de decir que quizá esto no fuera culpa tanto de la obra en sí, sino más bien del estrés de tener que leerla por obligación y en el idioma original (además de porque en clase ya nos la habían espoileado entera, cómo no). En cualquier caso, lo que la profesora pretendía con esa lectura era que el alumnado reflexionara sobre cuestiones de género. A fin de cuentas, la idea de la que parte la historia es la de que el único camino que tiene un mujer para ser dueña de sí misma, para escapar a los restrictivos roles de esposa y madre que la sociedad le impone y ser ella misma, para ser libre, es la muerte. Así, la protagonista, a raíz de determinados sucesos, «despierta» del letargo de la feminidad patriarcal para encontrarse temiendo y anhelando una existencia distinta, imposible en su sociedad, y enfrentarse al dilema de liberarse de las cadenas mediante la muerte o aceptar seguir viviendo subyugada.
Desde aquella conversación con la que me encantaría considerar una nueva amiga no he dejado de darle vueltas a El despertar y a su actualidad pese al siglo y pico transcurrido: poco después de conocer a esa chica, a la que llamaré C., leí Los hombres me explican cosas, de Rebecca Solnit. La traducción al español, a cargo de Paula Martín Ponz, fue publicada en el 2016 por Capitán Swing, apenas un año después de que el libro saliera a la luz en Estados Unidos, y en 2017 fue premiado como Libro del año 2017 Ensayo por el Gremio de libreros de Madrid.
Sin embargo, si en este mundo no queda ya nadie que no haya siquiera oído hablar de esta breve recopilación de ensayos (tiene apenas 143 páginas, agradecimientos incluídos) es, sobre todo, por el polémico término que se acuñó en las redes sociales a raíz de él: «mansplaining». En la contraportada se define del siguiente modo:
"El término mansplaining conjuga man (hombre) y explaining (explica) en alusión a este fenómeno: cuando un hombre explica algo a una mujer, lo hace de manera condescendiente porque, con independencia de cuánto sepa sobre el tema, siempre asume que sabe más que ella. El concepto tiene su mayor expresión en aquellas situaciones en las que el hombre sabe poco y la mujer, por el contrario, es la experta en el tema, algo que, para la soberbia del primero, es irrelevante: él tiene algo que explicar y eso es lo único que importa."
Leyéndolo reflexioné bastante sobre todas las veces que alguien se ha creído con la suficiente autoridad, por el mero hecho de tener él pene o de ser yo mujer, para explicarme cómo debería sentirme o reaccionar ante algo que yo había vivido y el otro no. Como cuando a una la acosan por la calle, en una fiesta o incluso en el aula, el lugar de trabajo o la familia ("no es para tanto, eres una exagerada"). Pensé también en todas las veces que se me ha dado como explicación última un "porque es cosa de mujeres", o "porque no es cosa de mujeres", depende. Y recordé todas las ocasiones que oí en el instituto decir aquello de que si no hay mujeres en los libros de historia es porque en los dos o tres milenios que nuestra civilización es capaz de recordar ni una sola hizo algo que mereciera la pena mencionar (y cómo en mi tierna adolescencia me lo tragaba). Y al fin me vinieron a la cabeza todas las veces que me he topado con bellas y bellos durmientes ofendidos porque una, en su afán por ir más allá de esa cutre explicación oficial, se preocupa por leer libros escritos por mujeres. Por poner en tela de juicio si lo que me dijeron en el instituto de que las mujeres somos basura histórica es cierto o no.


Con esos mismos amigos que me presentaron a C. fui a ver una obra de teatro titulada Veo veo, ¿qué no ves?, de la compañía Pezluna Teatro (al picar os redirecciono a su cuenta de twitter). Me gustó muchísimo porque partía del humor para acercarse al público, para establecer cierta complicidad con él, y después abordar la invisibilidad de las mujeres a lo largo de la historia, la violencia institucionalizada mediante ese concepto tan etéreo que es la tradición y los roles de género machistas en la educación. De igual modo, los ensayos de Los hombres me explican cosas están escritos en un estilo amable, cercano y conciliador, y parten de anécdotas en apariencia irrelevantes (una conversación en una fiesta, un cuadro, un «no sé» constante) para tocar verdades llenas de oscuridad. Para hablar de silenciamiento, de invisibilización; para denunciar la subyugación de la mujer en un mundo todavía dominado por hombres. Como pasaba en El despertar. Pero hasta ahí llegan las similitudes en cuanto al trasfondo con la novela que abría esta reseña, porque Los hombres me explican cosas no presenta la muerte como alternativa liberadora, sino la palabra. Así, en estas páginas se habla de movimientos como #metoo #yesallwomen, pero también del arte como medio para expresar esas vivencias que el sistema se empeña en silenciar porque incomodan. Hablar, reivindicar nuestra verdad, sigue siendo un acto de rebelión. Y mucho más efectivo, desde mi punto de vista, que el de suicidarnos; la muerte es un abandono, una renuncia, mientras que en la palabra reside la lucha.
"La capacidad de contar tu propia historia, sea en palabras o en imágenes, ya supone una victoria o una rebelión"
¿Qué si lo recomiendo? ¡Desde luego que lo recomiendo! Y no sólo a quienes se consideren feministas, sino a todo el mundo: mujeres, hombres, jóvenes, viejos, feministas, «igualitaristas»... Todos deberíamos leer este libro, ya que, si bien puede ser muy introductorio para quien ya tenga algunos conocimientos sobre cuestiones de género, no deja de ser necesario. A fin de cuentas, tanto si es para apoyar algo como si es con el fin de argumentar en contra, mejor hacerlo desde el conocimiento que desde la ignorancia y el cliché cutre, esto es, marcándote un mansplaining, ¿no?

Puntuación dada en Goodreads: 💜💜💜💜/5

Por cierto, últimamente las reseñas me salen más cortitas de lo habitual; estoy bastante estresada con la vida fuera del ordenador, pero la cuestión es ¿os gustan más así o preferís los análisis más extensos de antaño?

sábado, 30 de marzo de 2019

El booktag del mes de la mujer

Esta entrada será un poco distinta a las anteriores que he hecho, pues en vez de una reseña traigo un booktag (mi primer booktag, ¡qué ilusión!). Se trata de uno muy especial creado en Instagram por @leerxleer al que me etiquetó la buena de @angie_elric, y que me pareció genial traer al blog para finalizar marzo, ya que con él se pretende celebrar a las mujeres de la literatura a partir de sus cualidades. Las que yo he elegido son en su mayoría personajes, pero si preferís hacer esta recopilación temática por autoras, adelante; el caso es que sean mujeres y que tengan alguna relación con el mundo de las letras. Sobra decir que quedáis invitados a participar todos los que leáis esta entrada (sólo acordaos de mencionar a su creadora y por quién conocisteis el booktag).
Y hechas las presentaciones y demás, empecemos:

💜 VALIENTE 💜
Daría Bogdanska, la autora y protagonista de la novela gráfica Esclavos del trabajo, porque se atrevió a desafiar el orden laboral establecido, a decir lo que sentía y pensaba, a luchar por lo que creía que era justo. A denunciar la explotacion laboral que sufren a ojos de todos los inmigrantes. Y encima estando ella en una situación tan poco favorable como la ilegalidad. Eso, desde mi punto de vista, es lo más valiente que una pueda hacer.

💜 REBELDE 💜
Antoinette, la joven protagonista de El baile, una novela corta de Irene Nemirovski, me parece el paradigma de la rebeldía adolescente. Se trata de una muchacha burguesa cuyos padres están obsesionados con formar parte de la alta sociedad parisina, y que se verá machacada por sus convencionalismos e impoiciones hasta... Bueno, hasta que se harta, y no diré más sobre cuál es su venganza; merece la pena leerla.

💜 FUERTE 💜
Aunque no sea el personaje principal de Rechicero, de Terry Prattchet, Conina viene pero que ni pintada para representar esta cualidad. Y es que aunque su nombre es una clara referencia a Conan el Bárbaro, yo la definiría casi como la versión femenina de Hércules: hija de un héroe legendario, hereda una fortaleza letal. Su sueño, no obstante, quedará lejos de ser una asesina a sueldo, lo cual, unido al miedo a no cumplir con las expectativas de los hombres con respecto a cómo deben ser las chicas, la llevará a intentar constantemente ser quien en verdad no es, es decir, una criaturita dulce, angelical y desvalida. Hasta que al fin comprende que esforzarse por ocultar su propia naturaleza no le salvará cuando llegue el Apocrilipsis.

💜 CURIOSA 💜
Liesel, la pequeña protagonista de La ladrona de libros, de Markus Zusac, me parece la personificación de la curiosidad. De hecho, es su curiosidad la que la lleva, al principio, a mirar a los ojos a su hermano muerto, y a traves de estos, a los ojos de la Muerte, y será también su curiosidad la que la empuje a aprender a leer. Si os habéis quedado con curiosidad de saber más sobre la historia de esta niña, aquí os dejo mi reseña de este maravilloso libro.

💜ALEGRE 💜
La Eva que retrata Mark Twain en Los diarios de Adán y Eva me parece un personaje muy alegre, siempre rodeada de animales y manteniéndose con el ánimo alto, optimista. Vale, es cierto, Adán la hace llorar en alguna ocasión con su ranciedad, su carencia de empatía y su egocentrismo (es que ella se enamora de él, y él, lejos de fijarse en ella o como mínimo rechazarla civilizadamente, la desprecia), pero aún así me parece que uno de sus atributos principales es la alegria.

💜 INGENIOSA 💜
Aquí sí que no hay duda posible: Blanca, la misteriosa y escurridiza chica de la novela gráfica Las calles de arena, de Paco Roca, es lo más ingenioso que me he topado en bastante tiempo. Sin embargo, no puedo aclarar por qué, puesto que eso supondría espoilear malamente el final del libro, y merece demasiado la pena leerlo como para que haga algo así.

💜 INTELIGENTE 💜
Amparo Miranda, la protagonista de Irse de casa, de Carmen Martín Gaite, me parece una mujer muy inteligente porque, tras estudiar mucho y trabajar aún más, logró hacerse un hueco en el mundo. Incluso aunque el precio a pagar por tanta racionalidad y ambición fuera dejar parte de su corazón atrás.

💜 EMPODERADA 💜
Desde luego, aquí entraría prácticamente todo el elenco de fantásticas mujeres que aparecen en Criadas y señoras, la novela de Katherine Stocket (hay una peli del mismo nombre que también está muy bien, por cierto). Todas ellas viven una evolución a lo largo de la historia que las llevará a rebelarse, a luchar, a empoderarse, bien como mujeres en un mundo de hombres, bien como personas racializadas en un mundo racista.

Hasta aquí el booktag del mes de la mujer. Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo, ¡y aún más que os animéis a hacerlo!

viernes, 15 de marzo de 2019

El doblete que no pudo ser o la reseña del 30 de febrero

Este año me había propuesto, además de escribir un par de reseñas mensuales, intercalar la lectura (y recomendación) de libros escritos por hombres y por mujeres. Y aunque hasta ahora lo había estado consiguiendo sin demasiado esfuerzo, con febrero llegó el temido momento de romper la norma: el mes pasado no solo leí poco, sino que además todo lo que leí fue literatura masculina. Podría echarle la culpa al género que todos esos libros comparten, la ciencia ficción, pero no estaría siendo por completo sincera, pues también ahí hay mujeres, y no precisamente de poca calidad. Otra cosa es que se las encuentre, o que sus obras tengan ediciones por las que merezca la pena pagar. Este es el caso de El último hombre, de Mary Shelley, novela de la que solo hay disponibles dos ediciones, y ambas dan bastante vergüenza ajena (para que luego me digan que no hay machismo ni nada). Por eso esta entrada va a ser un poco diferente a como tenía pensado que fuera: no va a ser una comparativa entre El último hombre, de Mary Shelley, y La tierra permanece, de George R. Stewart, sino únicamente una sencilla reseña de esta segunda. Lo del doblete hubiera sido interesante porque ambas, pese a mediar entre ellas más de un siglo (El último hombre fue publicada originalmente en 1826, mientras que La tierra permanece es de 1949), se enmarcan en la ciencia ficción postapocalíptica, y confrontarlas, en mi opinión, podría dar una cierta idea del antes y el después que las dos Guerras Mundiales supusieron para el género, además de mostrar lo que cada cual (hombres y mujeres) puede aportar de distinto y de semejante al arte de la literatura.
Sea como fuere, voy a adelantar que, pese a no estar muy segura de si lo recomendaría, La tierra permanece me encantó. Vamos, es que me gustó tantísimo que lo primero que hice al acabar su lectura fue correr a la librería del barrio a comprarlo, ya que lo había leído en el ebook. La edición en físico que adquirí entonces, y la única disponible en el mercado español, si no me equivoco, es la de 2016 de Gigamesh, cuya traducción corrió a cargo de Lluís Delgado y que cuenta con 334 páginas. He de decir que me gusta muchísimo, sobre todo por la ilustración de la portada, de Alejandro Terán; en ella se muestra un elemento fundamental de la trama, el martillo de Ish, y en torno a él dos manos y chispas ígneas, en referencia a la escena final de la obra (si me seguís en Instagram ya la tendréis vista). No obstante, también me parece una edición un poco cara, teniendo en cuenta que cuesta 24 euros y es de tapa blanda.
En cualquier caso, no es por el precio que dudo si recomendarlo o no, sino por el hecho de que es uno de esos libros en los que no hay demasiada acción, y comprendo que no todos los públicos están llamados a enamorarse de ellos. Así pues, si eres más bien de lecturas a las que se pueda aplicar el adjetivo «trepidante», quizá esta novela no sea para ti. O tal vez sí; si me hubieran dicho de qué trataba La tierra permanece, hubiera creído que me iba a aburrir, y nada más lejos de la realidad. Puede que a ti te pase igual, quién sabe. Puede que te enamores de ella tanto como yo.
A modo de sinopsis diré que en La tierra permanece no pasa nada extraordinario más allá de que la humanidad ha sido barrida del planeta supuestamente por un virus y los pocos supervivientes, uno de los cuales es Isherwood Williams (Ish), se dedican a carroñear entre los restos de la civilización caída. No hay antagonistas más allá de los elementos naturales, la desolación o los propios miedos y limitaciones; no esperéis ningún supervillano del estilo del Gobernador de The walking dead. Aunque, pensándolo mejor, la naturaleza no merece ser tratada como uno de esos antagonistas, ya que más bien ella será la protagonista: creo que Ish, como personaje principal, es en verdad un testigo de cómo los animales, el paisaje, la Tierra, el Universo, todo, sigue su curso sin ni siquiera percatarse de la particular situación en que la humanidad se ve (página 29-30):
"En los cielos, la Luna, los planetas y las estrellas se desplazaban describiendo curvaturas largas y suaves. Carecían de ojos, nada veían; sin embargo, desde los tiempos en que la fantasía nació en el seno del hombre, este imaginó que los astros miraban a la Tierra.
Y si nos dejamos llevar por esa fantasía, si hubiesen mirado a la Tierra, ¿qué habrían visto?
Pues deberíamos decir que no habrían visto ningún cambio. El humo de las chimeneas y las hogueras de campamento ya no enturbiaba la atmósfera, pero seguía elevándose al cielo el de los volcanes y los bosques en llamas. Incluso visto desde la Luna, aquella noche el planeta debía de lucir con su esplendor habitual, ni más brillante ni más apagado."
De esto es de lo que va la primera mitad del libro, más o menos; después lo que Ish presenciará será el origen de algo nuevo, primitivo, diferente. El tímido resurgimiento de una nueva sociedad que, pese a los esfuerzos y desvelos que lo acosan a lo largo de toda su vida, acaba por olvidar o relegar al terreno de lo mitológico todo lo previo a la plaga.
En la contraportada viene expresado así:
El gran clásico del fin del mundo.
Una novela lírica y elegante sobre las inapelables leyes de la naturaleza. 
Tras una plaga, que borra a la humanidad de la faz de la Tierra, Isherwood Williams, uno de los escasos supervivientes, recorre el sudoeste de Estados Unidos en busca de otros como él. Con algunos de los pocos que encuentra forma una comunidad que intenta organizarse mientras es testigo de cómo la naturaleza va borrando poco a poco todo rastro de la presencia del hombre. La tierra permanece es una de las cumbres de la ciencia ficción y una verdadera rara avis, tanto por su patente carácter didáctico como por el lirismo de su prosa. El personaje de Ish es, por una parte, el eslabón entre la civilización condenada y la que surge, vacilante, de sus cenizas, pero también un testigo privilegiado de la fragilidad y arbitrariedad de nuestros códigos de conducta.
"Una hermosa reflexión sobre la ecología, la vejez y la inevitabilidad del cambio" David Pringle, Ciencia ficción: las 100 mejores novelas.
La razón de que el narrador sea equisciente a Ish (si bien a veces hace de reflexiones como la de la primera cita, que aparecen en el texto en cursiva, aisladas del resto del relato, y que son presentadas o desde la omnisciencia, o en primera persona) se encuentra en que él es un estudioso de la geografía y la historia que ya antes de la hecatombe dedicaba su vida a la observación, y que una vez la humanidad cae se propone seguir observando (página 29):
"La situación era aterradora, pero despertaba en él una curiosidad propia de un espectador: le parecía estar presenciando el último acto de una gran obra de teatro. Tal vez fuera un rasgo del carácter de su personalidad: él era..., había sido..., era (en fin, daba igual) un estudiante, un académico en ciernes, y como tal, se sentía más inclinado a observar los hechos que a participar en ellos."
En otras palabras, Ish permite realizar un retrato hasta cierto punto científico de cómo sería el fin de nuestro pequeño hormiguero, de ahí el mencionado "carácter didáctico". No obstante, en este detalle encuentro la prueba de que este libro en verdad no encierra un alegato en favor de una vida más sencilla, como he leído en otros blogs: toda la trayectoria vital del personaje se encuentra marcada por el obsesivo empeño de revivir la civilización del bienestar basado en el progreso industrial; sus pensamientos siempre vuelven a la necesidad de guardar la memoria de ella, de su pasado y sus ciencias.
También he visto comentarios en donde la gente expresaba que Ish era poco creíble por la aparente calma, apatía incluso, con que se enfrenta a la situación. Pero es que este personaje gozará de otro rasgo, aparte de su interés científico, que le facilitará la vida en esas circunstancias, y es que es una persona bastante antisocial. Esto lo indica él mismo en la página 50:
"Tomó lápiz y papel y decidió anotar sus cualidades, los motivos por los que podría seguir viviendo e incluso alcanzar cierto grado de felicidad  [en esas circunstancias], y los demás, no.
Para empezar, y sin dudar un momento, garabateó:
1) Tengo ganas de vivir. Quiero ver qué le pasará al mundo sin el hombre y cómo pasará. Soy geógrafo.
Debajo anotó otros puntos:
2) Siempre he sido un solitario. No necesito hablar con nadie.
[...]"
Por último, la elección de Ish como punto de vista por parte del narrador me parece que tiene algo que ver con que el autor, si bien se doctoró en Literatura Inglesa, era un apasionado viajero, además de un enamorado de la historia y la geografía. De hecho, publicó numerosos ensayos en relación a estas materias. Por ello, no se me hace demasiado descabellado pensar en Ish como en un alter ego de George R. Stewart.
Pero volvamos a la cuestión del principio. Hay otra razón por la que no sé si recomendar este libro a pesar de que me ha encantado, y es por que para comprenderlo en profundidad me parece necesario poseer cierto bagaje cultural e histórico, así como mucho espíritu crítico. Me explico: Isherwood es un hombre de los años 40. Y cuando digo esto me refiero a que Ish es un hombre blanco de clase acomodada de los Estados Unidos de la ley Jim Crow, un hombre que cree a pies juntillas en pseudociencias racistas y discrimiatorias como el darwinismo social, la frenología o la eugenesia, cuyo desarrollo se vio impulsado por el auge de los fascismos de la época. Esto queda patente en detalles como el trato que recibe "Evie, la boba", constante y dulcemente marginada por todos hasta extremos terribles (y aquí lo dejo, porque sería spoiler seguir comentándolo). Asimismo, ejemplo de ello es la siguiente afirmación que hace Ish en relación a la forma de ser de Em, la cual presenta como predeterminada por sus orígenes raciales (página 126):
"Ish se llevó una sorpresa mayúscula y supo que ella lo notó. La tez oscura, los ojos negros y cristalinos, los labios carnosos, los dientes blancos, el carácter conformista... Todas las piezas encajaron en el instante."
Y sin embargo, Em siempre es capaz de poner un contrapunto a sus obsesiones, de señalar lo inevitable de la situación y la carencia de relevancia cósmica de la misma. Por eso, por su sencillez y su humildad, por su capacidad para pensar más allá de los límites establecidos e innovar, es mi personaje favorito, y por eso, aunque Ish se crea muchas veces superior a ella (ya no por su raza, sino por ser ella mujer y él hombre), no le quedará otra que acabar reconociendo y admirando su sabiduría.
Asimismo, teniendo en cuenta precisamente el contexto histórico en que se escribió, este libro me parece muy valiente, ya que muestra una relación interracial (Em es mulata, mientras que Ish es un hombre blanco). Esto no es, en absoluto, el tema central del texto, de modo que no aparecerá más allá de la escena en que Em e Ish creen haber engendrado a su primer hijo, pero aún así me parece memorable, ya que muestra los miedos de ella, de que la historia se repita y su descendencia esté condenada, a la par que Ish califica el racismo de una superficialidad, «un lujo» (página 126):
"–Al principio no tenía importancia –prosiguió Em en apenas un susurro–. A nadie le preocupaban esas cosas. Pero el pueblo de mi madre no tuvo mucha suerte. Y ahora que todo tiene que volver a empezar, creo que no debería formar parte del mundo. Es igual, lo que más me preocupa es que no he sido justa contigo.
Ish no escuchó ni una palabra más. Lo absurdo de la situación lo golpeó de lleno y se echó a reír, no podía parar. Al final, ella se relajó y rompió a reír con él al tiempo que lo abrazaba con más fuerza.
–Cariño, todo está hecho polvo –dijo Ish–. Nueva York está vacía desde Spuyten Duyvil hasta el parque de Battery, y en Washington ya no queda nadie que nos gobierne. Los senadores, los jueces y los gobernadores están muertos y enterrados, igual que los antisemitas y los racistas. Sólo somos dos pobres diablos que sobreviven recogiendo las migajas de la civilización, y encima sin estar seguros de que las hormigas, las ratas o vete a saber qué no vaya a acabar con nosotros. Igual dentro de mil años la gente pueda permitirse el lujo de volver a pensar en esas cosas y preocuparse por ellos. Pero lo dudo. Ahora mismo, aquí sólo estamos nosotros dos. O nosotros tres."
Creo, en resumen, que si no se tienen claros determinados conceptos, el lector podría tomar por originales y hasta válidas ideas caducas y peligrosas como esas (y si no creéis que existan ideas peligrosas, os recomiendo la serie de documentales de la BBC Historia del racismo, que está completa en Youtube, así como este de Documentos TV sobre la eugenesia, o este y este otro sobre el Proyecto Lebensborn). Aunque también he de decir que al enfrentarse a cualquier clásico, no solo a La tierra permanece, es necesario tener muy presente las distancias que nos separan de sus autores, así como que estos son seres humanos y no dioses, que sus palabras son meras opiniones y no verdades universales. Si no, se corre el riesgo de acabar hablando de «deshonras» y «venganzas» en pleno siglo XXI tras leer, no sé, a Shakespeare. O de tragarse las elucubraciones racistas de Jack London o la profunda misoginia de Quevedo como realidades indiscutibles.
Por otra parte, nada de esto significa que los personajes no sean entrañables y maravillosos, o que una no pueda encariñarse con ellos y emocionarse como una tonta con su historia. De hecho, hacía muchísimo tiempo que no me enganchaba tantísimo un libro, o que no lloraba a moco tendido con un final. ¿Y no es eso lo que hace a la literatura ser un arte? ¿No es su capacidad para despertar la empatía del lector, para conectar con nosotros, lo que hace un texto especial? Yo creo que un clásico es aquel libro que, por mucho tiempo que haya transcurrido desde que se escribió y por muy diferentes que sean las sociedades que lo envuelven, conserva intacta su capacidad para conmover.
Si al fin decidís adentraros en estas páginas, espero que las disfrutéis tanto como yo, pero mejor si sois vosotros mismos quienes decidís si estáis preparados para hacerlo Yo, por mi parte, me quedo con esta reflexión de la página 74:
"Las vallas eran reales, pero también eran símbolos. Una valla que separa los rebaños de las cosechas era real, pero otra que separa el centeno de la avena era solo un símbolo, puesto que los cereales no se mezclaban por sí mismos. [...] En cuanto las vallas se rompen, tanto en el sentido literal como en el simbólico, desaparecen los pedazos, los bloques y los cambios abruptos en el paisaje, y este pasa a ser impreciso y ondulado, como lo había sido al principio"
A fin de cuentas, creo que las fronteras son eso, vallas. Pero no vallas «reales», por usar el término del autor, sino simbólicas, ya que, por mucho que pretendan los medios de comunicación y los políticos de la xenofobia hacernos creer lo contrario, no separan herbívoros de cosechas, sino cosechas entre sí: no separan seres distintos, amenazados y amenazadores, sino iguales. Las fronteras son las vallas en las que se encuentra el símbolo de un sistema racista.

Puntuación dada en Goodreads: 🌏🌏🌏🌏🌏/5

Por cierto, otro libro que me leí el mes pasado y que me gustó muchísimo fue el de Ubik, de Philip K. Dick, que si sois fans de la película Matrix, ya estáis tardando en leerlo.